El padre del tenista: la presencia que sostiene, la ausencia que también entrena

La reciente partida del señor Sergio Garin, padre de Cristian Garin, volvió a poner en primer plano una figura tan decisiva como silenciosa dentro del tenis: el padre del jugador. No el que aparece en las fotos del triunfo, sino el que empuja el carro cuando no hay ranking, el que cree cuando no hay resultados y el que sostiene cuando el circuito empieza a cobrar su precio.

El tenis es, probablemente, uno de los deportes donde la figura paterna tiene mayor impacto estructural. Desde los primeros años, el padre suele ser chofer, financista, psicólogo improvisado y contención emocional. Es quien acompaña entrenamientos sin garantías, viajes inciertos y derrotas que no salen en la prensa. El tenis no se juega solo en la cancha: se juega en el auto de regreso, en la mesa familiar y en los silencios después de perder.

Un padre presente —no invasivo, pero constante— puede convertirse en un ancla emocional clave. No necesita ser entrenador ni estratega; basta con que recuerde algo esencial: que el resultado no define al jugador como persona. Esa presencia suele formar deportistas más resilientes, capaces de perder sin romperse y de ganar sin perder el eje.

Pero el tenis también está lleno de otra historia, menos cómoda y menos visible: la del padre ausente. Y aunque incomode decirlo, esa ausencia también moldea. Hay jugadores que crecen empujados por la falta, por la necesidad de demostrar, por el vacío convertido en combustible. La ausencia puede transformarse en carácter, en disciplina extrema, incluso en éxito. No es el camino ideal, pero es un camino real.

Desde una mirada personal —la de un padre que no ve a su primogénito hace dos años— la paternidad ausente no es sinónimo automático de abandono emocional. Es una herida abierta que convive con la responsabilidad, la culpa y el deseo permanente de reparación. En esa distancia no hay días neutros. Y, aun así, el rol paterno persiste, aunque no se ejerza desde la presencia física.

En el deporte de alto rendimiento, como en la vida, no todos parten desde el mismo lugar. Algunos jugadores avanzan sostenidos por una figura que acompaña hasta el final; otros lo hacen con esa figura transformada en recuerdo, en ausencia o en pregunta sin respuesta. Ambas realidades dejan marca. Ambas construyen identidad competitiva.

Ser padre de un tenista no es solo apoyar una carrera deportiva. Es influir —para bien o para mal— en cómo ese hijo se relaciona con la presión, con el fracaso, con la soledad del circuito y con su propia exigencia. Incluso cuando el padre ya no está, su huella sigue presente. A veces como abrigo. A veces como peso. A veces como motor.

Quizás por eso el tenis debería mirar con más atención a quienes están fuera de la cancha. Porque el partido más largo no se juega en un court, sino en la formación emocional del jugador. Y en ese proceso, la figura del padre —presente o ausente— nunca es neutra. Acompaña cada punto decisivo. Define silencios. Marca límites.

Entender ese rol no es romantizarlo. Es asumir que, en el tenis, ningún campeón se construye solo. Y que detrás de cada jugador hay una historia familiar que también compite, punto a punto, con el marcador.

Edgardo Chavez

Por Edgardo Chávez Gaete
Editor General

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